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Todos
pueden comprobarlo. El número 23 aparece en todos lados, y no pasa lo
mismo con el 29, el 48, ni ningún otro. Cualquier paseo puede llenar la
retina de 23 (paradas de colectivos, estampado en alguna remera,
carteles...). Más de lo usual en cualquier otro caso, las cuentas de
restaurante pueden sumar exactamente 23, igual que los correos no leídos
en las casillas de e-mail.
Si
uno mira la hora reiteradamente, en la mayoría de los casos será la
cantidad de minutos o segundos. Es el número de la casa de Alicia, una de
las protagonistas de la película Hable con ella. Y es la cantidad de
humanos que deben salvarse en Matrix Reloaded para que Zion no desaparezca
definitivamente.
También
es el 23 el número de la nueva camiseta de David Beckham en el Real
Madrid. Se supo que fue su mujer, Victoria Adams, quien lo eligió. “A
Michael Jordan no le fue tan mal con ese número”, dijo la eterna ex
Spice Girl.
Y
todavía hay más. Se ha dado el caso de que algún periodista llegue a su
redacción pensando en escribir algo sobre el 23, y su jefe se anticipe:
“Estaria bien una nota sobre el 23”.
Casualidad.
Sí. Claro. Es que el 23 es el número de las casualidades, de la
sincronicidad. Y tiene adeptos en todo el mundo: círculos de la filosofía
discordiana, músicos electrónicos e industriales, poshippies místicos y
allegados en general. “Se
podría decir que este número responde a la matriz interna del ser
humano. A la sangre le toma 23 segundos recorrer el cuerpo humano, el
hombre tiene 23 pares de cromosomas, el ciclo del biorritmo en el hombre
tiene 23 días...”, enumera Simón Ratziel, especialista en efectos
especiales como maquillajes y prótesis de látex o poliuretano, un
entendido en
el
tema desde que leyó El secreto final de los iluminados, del escritor y
filósofo Robert Anton Wilson. También, en algunos websites sobre el tema
se dice que fueron 23 los primeros annunaki en llegar a la Tie-rra.
“Lo
que sé de los annunaki es que, según los sumerios, llegaron de la
es-trella Sirius, la más próxima a la Tie-rra, y les enseñaron
escritura y de-más pautas de civilización. Pero no sé de ninguna
información precisa sobre la cantidad”, dice Ratziel.
Dos
y tres, juntos
Durante
su estada en Tánger, William Burroughs también se hizo amigo del número:
había conocido a un tal Captain Clark que navegaba un ferry entre Tánger
y España. Un
día,
Clark le contó que ésa había sido su ocupación durante 23 años, y sin
un solo accidente. Ese mismo día, el ferry naufragó y todos los que
estaban a bordo murieron. Y esa misma noche, mientras el escritor pensaba
en lo ocurrido, escuchó por radio que un avión de pasajeros que iba de
Nueva York a Miami se había estrellado. El piloto también se llamaba
Captain Clark y el número del vuelo era, claro, 23. Desde entonces,
investigó sobre el enigma de la frecuencia de este número, y siempre
hubo un Captain Clark en sus novelas. La investigación no le habrá sido
fácil: no había sitios como www.fusion-
anomaly.com,
www.gaiamind.com/a-
bout23,
www.cut23.com, www.disinfo.com; wpw.23-skidoo.com. Tampoco músicos
(mayormente industriales y electrónicos en variantes acid-house, trance,
goa) como los 'bostonianos. Sleep Chamber (con su disco Secrets Ov 23) y
los británicos Throbbing Gristle, Psychick TV (sacaron 23 discos seguidos
los 23 de cada mes), y,
más
cerca, Acum23 (proyecto de Brue Vicenti, de Miranda!).
Pero
lo que menos debe haberse imaginado Burroughs es, seguro, el festival
Viva23!, el 23 de noviembre último en el Parque de la Ciudad, con dirección
de los diseñadores Manuel Brandazza y Diego de Adúriz. Durante toda la
tarde y toda la noche, juegos mecánicos y shows de bandas pop para unas
5000 personas.
También
hubo desfile para Brandazza de Adúriz. Puntual, a las 23.
“Y
bueno... hay que ver lo que implica comenzar un diálogo con los números,
con las palabras, con la tierra, con las estrellas, con todo”, teclea
Diego de Adúriz desde su máquina favorita del cyberchinese. Adivinen
qué número¡¡.
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