Dos hermanos, hijos de un poderoso cacique araucano
de la región, se habían enamorado de una misma joven
cuya hermosura era ponderada en forma que igualaba a Pirepillán,
la deidad hechicera de las nieves andinas.
La cándida niña, que todavía no alcanzaba a comprender
lo que era amor, jugaba con el cariño de los mozos igual que
el Pichithapial (1) juega con la presa que luego ha de devorar.
No entendía la joven que con ese peligroso juego exacerbaba
cada día más la pasión salvaje que por ella sentían
los hermanos.
Con respuestas oportunas contestaba los requerimientos amorosos de
los apuestos mancebos…"Soy joven - les decía - …
No me hablen de amores por que todavía no he pensado en ello…
Quiero por un tiempo más ser libre como las aves que surcan
el infinito cielo…!…". Y con delicados gestos, despedíalos
con las esperanzas.
Por esa época había llegado desde el lejano país
de allende el mar, unos hombres blancos. Ante amenaza tan tremenda,
los gobiernos de las tribus habían decidido la guerra a muerte
contra el invasor.
Fue por ello que los hermanos redoblaron exigentes una decisión
terminante de la doncella, antes de partir para esa expedición
de donde probablemente no regresarían "…Los amo
a los dos por igual, pero con el amor de hermanos… Y los quiero
de igual forma que quiero a mis padres…" fue la contestación
de la joven.
Pueden por ventura figurarse de que entregaría mi corazón
a algunos de ustedes, mis valientes hermanos, truncando las esperanzas
del no elegido?…" Sigamos viviendo el sueño de una
dicha imposible hasta que nuestros dioses decidan sobre nuestros destinos…"
terminó diciendo y presurosa se refugió en su tienda
como si un temor supersticioso invadiese su corazón.
Profundamente consternados, los hermanos quedaron parados frente a
frente. Sus centellantes miradas se encontraron y el pensar fue el
mismo. Dirimirían en singular combate la posesión de
la prenda de sus afanes. El que quedara con vida la haría suya.
Llego la noche, en el campamento todos dormían, el silencio
era únicamente interrumpido por el graznido chillón
de la lechuza fatídica que parecía agorar la tragedia
que se avecinaba.
Empuñando sus temibles lanzas, los hermanos montaron en sus
corceles de guerra y sigilosamente se alejaron del lugar hasta llegar
al pie de un médano solitario, en donde después de darse
un fraternal abrazo, como señal de que ni el odio ni el rencor
animaban sus acciones, se aprestaron para luchar hasta la muerte por
el amor de una mujer que no podía ser de los dos.
Largo fue el combate, pues los hermanos eran aguerridos y valientes;
hasta que cubiertos de múltiples heridas, se separaron alejados
por sus montas, para caer finalmente muertos en diferentes sitios.
Al amanecer llegaron a los toldos de sus dueños los caballos
de los hermanos con las monturas tintas de sangre como señal
de que algo grave había ocurrido.
Presintiendo la tragedia, la doncella corrió por el campo hasta
dar con los cadáveres de sus pretendientes. Loca de desesperación
y de espanto, empezó a vagar por la llanura hasta caer muerta
de pena y de dolor.
El viento empezó a socavar la tierra que servía de lecho
de los cadáveres, formándose un pequeño pocito
donde se hizo un charquito con la primera lluvia, el que se fue agrandando
con las subsiguientes hasta convertirse en las TRES LAGUNAS que conocemos,
las que son para los araucanos símbolo de amor, sacrificio
y hermandad hasta más allá de la muerte. Y es por eso
que cuando pasaban por el lugar jamás dejaban de beber agua
en algunas de ellas.
ELISEO A. TELLO
(1) - Pichi, pequeño; Thapial, puma. Cachorro de león.